Dechados: bordar la historia, descoser el olvido
La palabra dechado procede del verbo dejar o dexar, en el sentido de “dejar muestra”. El término alude a su función principal: servir como ejemplo, como modelo. En el ámbito textil, el dechado es un muestrario bordado en el que se recopilan alfabetos, números, puntos y motivos ornamentales, generalmente realizados sobre lino o algodón. Los ejemplares europeos conservados datan del siglo XVI, aunque la mayoría pertenecen a los siglos XVIII y XIX.
Desde sus primeras manifestaciones, el dechado tuvo una finalidad pedagógica clara.
Vinculado a la educación femenina en escuelas, conventos y hogares, funcionaba como herramienta para el aprendizaje técnico del bordado. Con el tiempo, trascendió su dimensión didáctica y se convirtió en un vehículo de transmisión cultural, lo que permite leerlo no solo como objeto funcional, sino como registro material de saberes e identidades históricas.


Este texto toma el dechado como eje precisamente por su aparente modestia. Durante siglos, el trabajo textil realizado por mujeres fue relegado al ámbito doméstico y excluido del relato oficial del arte. El bordado fue considerado una actividad menor, asociada a la paciencia, la virtud y la obediencia femenina. Sin embargo, desde la historia del arte feminista —en la línea de Rozsika Parker y Griselda Pollock— estos objetos pueden reinterpretarse como prácticas cargadas de ideología, significado social y agencia femenina.
Los dechados desempeñaron un papel central en la construcción de un ideal de feminidad.
Integrados en un sistema educativo orientado al ámbito doméstico, regulaban el tiempo y el espacio femeninos al imponer una ocupación constante y disciplinada que modelaba la virtud según los valores sociales vigentes.

Pero los dechados son también documentos bordados. Portan conocimientos técnicos y simbólicos transmitidos de generación en generación. Constituyen un código cuya relevancia es equiparable a la de cualquier documento escrito. Cada puntada registra un aprendizaje, pero también una experiencia situada en un cuerpo y en un tiempo específicos.

El bordado, como señala Rozsika Parker en The Subversive Stitch, encierra una profunda ambivalencia. Fue, sin duda, un instrumento de control social; pero también se convirtió en un espacio de emancipación simbólica y material. En los encuentros colectivos en torno a la labor, muchas mujeres construyeron redes de sociabilidad y apoyo mutuo. Citando las palabras de Ana María Ágreda Pino, en estos espacios: “hilvanaron relatos y descosieron los discursos avalados socialmente”, generando fisuras en el ideal patriarcal que las contenía.


Además, los saberes textiles aprendidos en la escuela —pensados originalmente para reforzar el rol doméstico— permitieron a muchas mujeres acceder a una independencia económica. El bordado y la costura se transformaron en fuentes de ingresos que, en algunos casos, superaron los de sus maridos. Estos conocimientos hicieron posible coser para terceros, trabajar desde casa o incluso montar pequeños talleres. La figura de Mercedes Alcántara en la serie Cuéntame cómo pasó sintetiza esta realidad: una mujer que convierte un saber doméstico en un proyecto profesional propio, desbordando el marco que pretendía limitarla.

Las imágenes que acompañan este texto proceden de la colección del Museo Nacional de Artes Decorativas, institución desde la que se conservan y estudian estos objetos durante décadas considerados menores. No es casual que estos objetos se adscribieran a las llamadas “artes decorativas”. Como afirmaba Rafael Doménech, antiguo director del museo: “la mujer
nunca podía ser pintora; a lo más que podía aspirar era al arte decorativo”. Esta clasificación revela las jerarquías, tanto artísticas como de género, que las sustentaban.

Junto a las piezas institucionales se incluye un dechado realizado por mi abuela en 1944.
Bordado en un contexto marcado por la posguerra, este textil condensa aprendizaje, disciplina y creatividad, pero también resistencia cotidiana y memoria familiar. Su presencia establece un diálogo entre la institución y lo íntimo, entre la historia colectiva y la experiencia personal.

Hoy, el bordado vive un proceso de revalorización como práctica artística y política. Lo que durante años fue desechado, retorna como un espacio de reivindicación feminista. Recuperar los dechados no es un gesto nostálgico, sino un acto crítico: implica bordar de nuevo la historia del arte, incorporando aquellas prácticas excluidas y reconociendo en ellas la creatividad, la agencia y la capacidad emancipadora de las mujeres que las realizaron.
Aportación realizada por la Biblioteca del Museo Nacional de Artes Decorativas.
Bibliografía:
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- Parker, Rozsika (2024). The subversive stitch: Embroidery and the making of the feminine (10th ed.). London: Bloomsbury Visual Arts.
- Parker, Rozsika, y Pollock, Griselda (2022). Maestras antiguas: Mujeres, arte e ideología. Madrid: Akal.
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