Dechados: bordar la historia, descoser el olvido

Dechados: bordar la historia, descoser el olvido

 

La palabra dechado procede del verbo dejar o dexar, en el sentido de “dejar muestra”. El término alude a su función principal: servir como ejemplo, como modelo. En el ámbito textil, el dechado es un muestrario bordado en el que se recopilan alfabetos, números, puntos y motivos ornamentales, generalmente realizados sobre lino o algodón. Los ejemplares europeos conservados datan del siglo XVI, aunque la mayoría pertenecen a los siglos XVIII y XIX.
Desde sus primeras manifestaciones, el dechado tuvo una finalidad pedagógica clara.

Vinculado a la educación femenina en escuelas, conventos y hogares, funcionaba como herramienta para el aprendizaje técnico del bordado. Con el tiempo, trascendió su dimensión didáctica y se convirtió en un vehículo de transmisión cultural, lo que permite leerlo no solo como objeto funcional, sino como registro material de saberes e identidades históricas.

Dechado, 1801–1900. 32,50 × 34 cm. Museo Nacional de Artes Decorativas, Madrid. Inscripción: «LEHIZO. JUANA / MUÑOZ. DEEDADE11AÑO / S DISCIPVLADE. / D. JACOBASORINAÑO».
Dechado, 1738. 33 × 25,5 cm. Museo Nacional de Artes Decorativas, Madrid. Inscripción: «LO HIZO LUCIA GOMEZ / EN EL AÑO 1.738».

Este texto toma el dechado como eje precisamente por su aparente modestia. Durante siglos, el trabajo textil realizado por mujeres fue relegado al ámbito doméstico y excluido del relato oficial del arte. El bordado fue considerado una actividad menor, asociada a la paciencia, la virtud y la obediencia femenina. Sin embargo, desde la historia del arte feminista —en la línea de Rozsika Parker y Griselda Pollock— estos objetos pueden reinterpretarse como prácticas cargadas de ideología, significado social y agencia femenina.

Los dechados desempeñaron un papel central en la construcción de un ideal de feminidad.
Integrados en un sistema educativo orientado al ámbito doméstico, regulaban el tiempo y el espacio femeninos al imponer una ocupación constante y disciplinada que modelaba la virtud según los valores sociales vigentes.

Dechado, 1801–1900. 31,50 × 19,50 cm. Realizado en Segovia. Museo Nacional de Artes Decorativas, Madrid.

 

Pero los dechados son también documentos bordados. Portan conocimientos técnicos y simbólicos transmitidos de generación en generación. Constituyen un código cuya relevancia es equiparable a la de cualquier documento escrito. Cada puntada registra un aprendizaje, pero también una experiencia situada en un cuerpo y en un tiempo específicos.

Dechado, 1801–1900. 55 × 33 cm. Museo Nacional de Artes Decorativas, Madrid.

 

El bordado, como señala Rozsika Parker en The Subversive Stitch, encierra una profunda ambivalencia. Fue, sin duda, un instrumento de control social; pero también se convirtió en un espacio de emancipación simbólica y material. En los encuentros colectivos en torno a la labor, muchas mujeres construyeron redes de sociabilidad y apoyo mutuo. Citando las palabras de Ana María Ágreda Pino, en estos espacios: “hilvanaron relatos y descosieron los discursos avalados socialmente”, generando fisuras en el ideal patriarcal que las contenía.

Dechado, 1878. 36,50 × 26 cm. Museo Nacional de Artes Decorativas, Madrid.
Dechado, 1827. 60 × 26 cm. Museo Nacional de Artes Decorativas, Madrid. Inscripción: LOHYZO. MAN... CHARFOLE.YALARCO / N. AÑODE.1827».

 

Además, los saberes textiles aprendidos en la escuela —pensados originalmente para reforzar el rol doméstico— permitieron a muchas mujeres acceder a una independencia económica. El bordado y la costura se transformaron en fuentes de ingresos que, en algunos casos, superaron los de sus maridos. Estos conocimientos hicieron posible coser para terceros, trabajar desde casa o incluso montar pequeños talleres. La figura de Mercedes Alcántara en la serie Cuéntame cómo pasó sintetiza esta realidad: una mujer que convierte un saber doméstico en un proyecto profesional propio, desbordando el marco que pretendía limitarla.

Dechado, 1822. 60 × 60 cm. Museo Nacional de Artes Decorativas, Madrid. Inscripción: «ESTAS MVES / TRAS LASIZO. LA MAE / STRA DE NI / ÑAS. PETRA. VILLAMOR / AÑO DE 1822».

 

Las imágenes que acompañan este texto proceden de la colección del Museo Nacional de Artes Decorativas, institución desde la que se conservan y estudian estos objetos durante décadas considerados menores. No es casual que estos objetos se adscribieran a las llamadas “artes decorativas”. Como afirmaba Rafael Doménech, antiguo director del museo: “la mujer
nunca podía ser pintora; a lo más que podía aspirar era al arte decorativo”. Esta clasificación revela las jerarquías, tanto artísticas como de género, que las sustentaban.

Dechado, 1763. 78 × 73 cm. Museo Nacional de Artes Decorativas, Madrid.

 

 

Junto a las piezas institucionales se incluye un dechado realizado por mi abuela en 1944.
Bordado en un contexto marcado por la posguerra, este textil condensa aprendizaje, disciplina y creatividad, pero también resistencia cotidiana y memoria familiar. Su presencia establece un diálogo entre la institución y lo íntimo, entre la historia colectiva y la experiencia personal.

Dechado, 1945. 42 × 42 cm. Iniciales: «V. D». (Vicenta Durà). Hecho con 9 años en Montaverner (València). Colección privada.

Hoy, el bordado vive un proceso de revalorización como práctica artística y política. Lo que durante años fue desechado, retorna como un espacio de reivindicación feminista. Recuperar los dechados no es un gesto nostálgico, sino un acto crítico: implica bordar de nuevo la historia del arte, incorporando aquellas prácticas excluidas y reconociendo en ellas la creatividad, la agencia y la capacidad emancipadora de las mujeres que las realizaron.

Aportación realizada por la Biblioteca del Museo Nacional de Artes Decorativas.

 

Bibliografía:

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