Juana I de Castilla: La reina “piadosa”
Nos ha llegado una visión desfigurada de Juana I de Castilla procedente del imaginario salido del siglo XIX, potenciada a lo largo de los últimos años gracias a su reflejo y difusión a través del cine, que no tiene nada que ver con la realidad personal, familiar y política de la reina castellana.
La visión de Juana como Juana “la loca” tiene más que ver con su propia leyenda negra que con la propia realidad. Una leyenda negra iniciada por sus contemporáneos para poner en entredicho sus facultades, deslegitimar su reinado, y favorecer los intereses de determinados miembros de su familia. Una leyenda negra alejada de la realidad de una persona no destinada a gobernar y cuyos intereses personales se inclinaban más hacia un tipo de piedad religiosa de tipo ascético denominada “recogimiento”, muy popular en el siglo XVI, y a proteger y sustentar los intereses familiares.
Este comportamiento, visto como anormal en un miembro de la familia real, hizo que muchos contemporáneos retrataran a Juana como loca, incompetente o poseída por el demonio. Afirmaciones basadas en los convencionalismos físicos, morales y espirituales de la época. Los miembros de la familia real tenían que tener un comportamiento totalmente acorde a lo que requiere una vida cortesana y de lazos políticos entre reyes y príncipes. A esto hay que añadir los intereses particulares que rodeaban a los monarcas, mucho más interesados en que gobernara un varón antes que la infanta Juana.

Otro aspecto a tener en cuenta fue su educación, similar a la de sus hermanos. De su aprendizaje, un elemento fundamental, era el servir a los intereses corporativos de los reinos de sus padres. Esto último indica una educación orientada más obedecer que a gobernar, confirmando su condición como infanta e improbable heredera de Castilla y destinada a ser consorte de un rey o de un príncipe extranjero. Prueba de ello fue su modesta educación en rituales públicos en comparación con sus hermanos, Isabel y Juan, con limitadas presentaciones públicas, aunque con los conocimientos indispensables para moverse en la Corte, donde tenía que guardar las normas de la cortesía dentro de un ambiente jerarquizado y con funciones muy reglamentadas.
Una obediencia hacia los intereses familiares reflejados en los cuatros momentos que marcaron su vida: el viaje a Flandes para contraer matrimonio con Felipe de Borgoña y su estancia en la corte borgoñona, de 1496 a 1501, la muerte de su madre Isabel la Católica en 1505, el fallecimiento de su esposo Felipe de Borgoña en 1506 y tras la muerte de su padre, Fernando el Católico en 1516. En todos estos acontecimientos siempre priorizó el deber familiar y hereditario a sus propios intereses personales. Todo ello imbuido por el espíritu del “recogimiento” y de la Devotio Moderna.
Traumático tuvo que ser el viaje de la infanta Juana a los Países Bajos, en 1496 y sus años posteriores en la corte borgoñona. Separada de su familia, se encontró sola en un país extranjero, con una lengua y costumbres totalmente diferentes a su educación castellana y prometida a un marido desconocido, de un rango inferior al que la correspondía. Un marido que tardo poco en controlar su casa y dejarla aislada, por medio de sus sirvientes y cortesanos, con el propósito de influir lo máximo posible para que en el futuro pudiera ser nombrado rey de Castilla y León.

A pesar de todos estos factores, aislada en un mundo totalmente hostil hacia su persona y lo que representaba como heredera y futura soberana al trono castellano tras el fallecimiento se sus hermanos, encontramos ejemplos de carácter o Ira regia, como fue el episodio en Blois, durante su estancia en Toledo para las Cortes de 1501, junto a los intentos por romper el encierro y acabar con las falsedades difundidas por el marques de Denia o los enfrentamientos con sus sirvientes a causa de los constantes desplantes que sufría en Tordesillas. Múltiples testimonios sobre su personalidad proceden de personajes como Enrique VII de Inglaterra durante la estancia de Juana en Windsor, la visita del embajador portugués y la entrevista con Juan de Padilla en 1520 que nos hablan de una mujer totalmente sana, cuerda y capacitada para reinar.
En definitiva, tenemos a una reina coronada que cedió su protagonismo en favor de un esposo infiel y ambicioso, de un padre y sus intereses políticos y, sobre todo, a favor de los intereses patrimonialistas y dinásticos de su hijo Carlos.
Aportación realizada por la Biblioteca del Museo del Greco.
Fuentes y bibliografía:
- Aram, Bethany: La reina Juana. Marcial Pons, ediciones de Historia, S.A. 2001.
- Fernández Álvarez, Manuel; Suárez Fernández, Luis; Pérez, Joseph; Ladero-Quesada, M.A; Valdeón Baruque, Julio; Aran, Bethany: Doña Juana, reina de Castilla. RAH. 2006.
- Zalama, Miguel Ángel: Juana I. arte, poder y cultura en torno a una reina que no gobernó. Centro de Estudios Europa Hispánica. 2010.

